Imagina que conoces a alguien que parece increíble. La conversación fluye, hay química — y aun así sientes una pequeña voz dentro de ti que dice: mantén las distancias. Quizás de repente empiezas a encontrarle defectos. Quizás te absorbe otra cosa justo cuando se acercan. O quizás simplemente desapareces, sin saber muy bien por qué. Si esto te resulta familiar, no estás solo — y tampoco hay nada malo en ti. Puede que simplemente tengas un estilo de apego evitativo.
¿Qué es el apego evitativo?
La teoría del apego fue desarrollada originalmente por el psicólogo John Bowlby y posteriormente ampliada por Mary Ainsworth. Describe cómo nuestras experiencias tempranas con las figuras de cuidado moldean la manera en que nos relacionamos con los demás durante el resto de nuestra vida — especialmente en las relaciones íntimas. Uno de los patrones que puede surgir se denomina apego evitativo.
Las personas con este estilo de apego generalmente han aprendido que es más seguro valerse por sí mismas. Quizás no siempre hubo alguien emocionalmente disponible cuando lo necesitaban. Quizás la vulnerabilidad fue recibida con indiferencia — o incluso con críticas. El resultado suele ser una creencia profundamente arraigada: que no se puede confiar realmente en los demás, y que es mejor mantener cierta distancia.
Esto no significa que no se desee la cercanía. Todo lo contrario. Muchas personas con un estilo de apego evitativo anhelan relaciones cercanas — pero la intimidad se siente al mismo tiempo como una amenaza para su independencia y control.
¿Cómo se manifiesta en el día a día?
El apego evitativo puede expresarse de muchas maneras. Algunas personas se retiran emocionalmente cuando su pareja empieza a demandar más intimidad. Otras intelectualizan sus sentimientos en lugar de sentirlos. Algunas se centran mucho en los defectos o carencias de su pareja — de forma inconsciente, como una manera de protegerse de enamorarse.
Una dinámica clásica es la que surge con una pareja de apego ansioso: cuanto más busca una confirmación y cercanía, más se retira la otra — y viceversa. Puede sentirse como un baile que ninguno de los dos ha elegido, pero que igualmente es difícil de detener.
El investigador Stan Tatkin, que trabaja con terapia de pareja y neurobiología, lo describe como un sistema en el que el cerebro asocia la intimidad con el peligro. No es una elección — es una respuesta aprendida.
¿Puede cambiar este patrón?
La respuesta corta es sí. Los estilos de apego no son un destino. Son estrategias que hemos desarrollado para sobrevivir — y las estrategias pueden reaprenderse. Sin embargo, requiere conciencia, tiempo y, a menudo, el valor de quedarse con la incomodidad en lugar de huir de ella.
Un buen punto de partida es comenzar a observar cuándo surge el impulso de retirarse. No para juzgarse, sino para preguntarse con curiosidad: ¿De qué estoy intentando protegerme ahora mismo? Este tipo de autorreflexión puede abrir nuevas posibilidades — tanto para ti como en tus relaciones.
La cercanía requiere vulnerabilidad. Y la vulnerabilidad exige que nos atrevamos a dejar de lado los viejos mecanismos de defensa — poco a poco.
¿Cuándo fue la última vez que notaste que te alejabas de alguien que se estaba acercando — y qué crees que había realmente detrás de ese movimiento?
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