La mayoría de nosotros nunca le diríamos a un buen amigo lo que nos decimos a nosotros mismos en nuestros momentos más íntimos. Consolamos a los demás con calidez y comprensión — pero a nosotros mismos nos recibimos con críticas, vergüenza y exigencias de ser mejores. ¿Qué pasaría si te trataras con el mismo cuidado que le das a quienes quieres? Esa es precisamente la pregunta que está en el corazón de la autocompasión.
¿Qué es realmente la autocompasión?
La autocompasión no es lo mismo que la autocompasión lástima ni que justificarse a uno mismo. Tampoco es una forma de ensimismamiento egoísta. La psicóloga Kristin Neff, una de las investigadoras más reconocidas del mundo en este campo, describe la autocompasión como compuesta por tres elementos: amabilidad hacia uno mismo, el reconocimiento de que el sufrimiento y los errores forman parte de ser humano, y una atención consciente y no crítica hacia los propios sentimientos.
Suena sencillo. Pero en la práctica es todo lo contrario. Para muchos de nosotros, la voz interior es afilada, impaciente e implacable — y en realidad creemos que nos ayuda. Que la autocrítica nos mantiene alerta y motivados. Sin embargo, la investigación muestra lo contrario: la autocrítica excesiva está asociada con la ansiedad, la depresión y una menor resiliencia. La autocompasión, en cambio, está vinculada a una mayor estabilidad emocional y una mejor capacidad para recuperarse de la adversidad.
¿Por qué es tan difícil?
Una de las razones por las que la autocompasión nos resulta ajena es que muchos hemos aprendido que debemos merecer el cuidado. Que tenemos que rendir, alcanzar una meta, ser «suficientemente buenos» — antes de poder descansar. Esta creencia está profundamente arraigada, a menudo sembrada en la infancia, y nos controla más de lo que sabemos.
También existe una dimensión cultural. En muchas sociedades existe una fuerte tradición de no quejarse, no hacerse demasiado visible y valerse por uno mismo. Tratarse a uno mismo con apertura y cuidado puede sentirse como una ruptura con estas normas no escritas — como algo débil o incorrecto.
Y luego está el miedo. El miedo a que, si dejamos de fustigarnos hacia adelante, todo se desmorone. A volvernos perezosos, indiferentes, apáticos. Pero eso es un malentendido. La autocompasión no reemplaza la responsabilidad — nos da el fundamento que necesitamos para actuar desde un lugar de fortaleza en lugar de miedo.
Un primer paso
Practicar la autocompasión no tiene que comenzar con grandes cambios. Puede empezar con algo tan pequeño como notar cómo te hablas a ti mismo — y preguntarte: ¿Le diría esto a alguien a quien quiero?
Kristin Neff propone un ejercicio sencillo que llama «self-compassion break»: cuando sientes que lo estás pasando mal, puedes decirte a ti mismo — «Este es un momento de dolor. El dolor es parte de la vida. Que pueda recibirme con amabilidad.» No es magia. Pero es un paso hacia una forma diferente de estar contigo mismo.
Así que aquí tienes una invitación: piensa en una situación reciente en la que fuiste duro contigo mismo. ¿Qué le habrías dicho a un amigo en la misma situación — y qué significaría para ti decírtelo a ti mismo en su lugar?
AIA knows these theories and can help you understand them in your own situation.
Open AIA →